El trébol de tres hojas con más (o menos) suerte.

Una de tantas costumbres que he adquirido en estos días es jugar con los títulos que escribo para sorprender con el final o con lo que quiero decir…creo que principalmente es lo segundo.

Como sabrán soy una intensa de tiempo completo y todos los días son una odisea en sentir más allá de la media, le doy gracias al universo porque me ha puesto a varías personas que tienen la intensidad en la misma sintonía que la mía, encausadas en diferentes tipos de arte pero al final la pasión siempre está por arriba de lo establecido, en ese aspecto sí me considero una anarquista emocional.

Tenía dos semanas que no me sentaba a escribir, no tenía algo que me sacudiera lo suficiente…hasta que  el día más monótono de la semana me tenía  una sorpresa debajo de sus faldas.

No había tenido una cita conmigo misma desde que llegué aquí, creo que era el tiempo justo para auto-invitarme y ver que sorpresas traía la noche.

Tal vez no fue del todo una cita conmigo misma porque en el lugar más mágico de la ciudad llamado Piamonte, me encontré a las personas que todavía tienen un significado en mí.

El lugar está alejado de lo caótico y en la quietud de la noche me sorprendí de tantas maneras, del amor que le puedes tener a alguien aunque ya no coincidas tan seguido como quisieras, la melancolía que sientes al ver a tu primer amor y sonrías compartiendo un cigarro y un vaso de cerveza, a los músicos que siempre le pusieron música de fondo a mi vida, al (des)conocido…dejarte de ver por cuatro años ya no somos viejos conocidos, creo que somos malos por conocer. Entre el caos de mi trabajo, mis protocolos auto impuestos en cómo llevar una relación, lejos de ser prácticos me dan más preguntas que respuestas, ese día por un instante olvidé todo eso y entre mis modos me dejé llevar.

Aún sigo sorprendida del desenlace de la noche, tal vez necesitaba dejar de jugar con mis cartas, mi obsesión por tener el control de la situación con ayuda de la madrugada lo pude lograr…y un par de besos aquí escondidos entre líneas.

Estos días me han traído sorpresas bajo sus faldas, encontrando inspiración en los ojos de un furtivo amante, en una cama ajena, en la calle, en el colectivo, en las letras de alguien más.

Tal vez cuente mi historia cuando cumpla veintitrés, pero primero me concentro en magnificar lo cotidiano, en aprender a escribir poesía y al final brindar con una copa de vino.

Curiosamente en los encuentros furtivos la mayoría de las veces me quedo con muchas ganas de decir algo, hoy escribiendo llegué a la conclusión de que mi otro lado prefiere decirlo como diálogo en algún texto, mientras yo me muerdo la lengua esperando que mis ojos griten las palabras que no pasan de mi garganta (en esta parte necesito otra copa de vino).

Le encontré gusto al silencio, a decir con las manos lo que los labios no quieren decir o con la mirada. También el caballero que está frente a mí me deleita con lo que dice y me gusta escuchar todo lo que tiene por decir.

Hoy viernes veintidós de abril me sigo sorprendiendo…en este momento del día me doy cuenta que ser un trébol con tres hojas con un poco de buena/mala suerte no está nada mal, me detona cosas que eran conocidas de cierta manera y hoy todo cobra un sentido diferente.

Así que, sí…soy el trébol de tres hojas con más (o menos) suerte de esta ciudad, mañana no sé, tal vez me convierta en ninfa de lo cotidiano, sirena de lo absurdo, amante de media noche, vendedora de versos o simplemente Frida.

 

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2 comentarios en “El trébol de tres hojas con más (o menos) suerte.”

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