Carta para Eduardo

Domingo, 28 de agosto de 2016

Puerto Vallarta, Jalisco

Querido mío:

Nos conocimos en una ciudad tan ajena a la nuestra, tú estabas de paso y yo estaba buscando un hogar.

El mar hizo su magia, en cuestión de minutos supimos que éramos el roto para el descosido del otro, acompañados de un par de cervezas y humo de cigarros.

Me cautivó el saberte nervioso, porque te soy sincera no percibí tus nervios hasta que tomaste mis manos, dejamos las armaduras, las espadas desenvainadas cayeron en el momento que nos vimos a los ojos y entregamos nuestra vulnerabilidad.

Escribías lo que yo decía, me parecía curioso ese gesto que nos acompañó toda la velada, escuchaste mis gritos ahogados en el silencio, que mi orgullo ocultaba de manera firme, pero contigo esa táctica no funcionó porque caí rendida a tus brazos, sentía una calidez desconocida; esa calidez tantas veces descrita pero nunca percibida por esta dama de mucho sentir, de palabra medianamente elocuente y mirada altiva.

Pero tú leíste mi rostro, lo recorriste con tus manos y sabíamos que esta magia se da en lugares desconocidos.

Magia era tu acento, que te agrada ocultar, pero a mí me tenía maravillada en la tercera cerveza y en el cigarro número cuatro.

Nos leíamos entre líneas, como un viejo libro que reconoce a su autor, como las manos que conoce a la perfección las caderas de su amante.

Me preguntaste tantas cosas ni yo había podido formularme ¿qué te hizo ser tú, Frida María? Hoy sigo preguntándome lo mismo. Confieso que esa pregunta no la tenía contemplada y no había ningún As que me salvara más que la sinceridad…y lo hice.

En un momento de la velada (no recuerdo exactamente en cual) me dijiste que te provocaba escribir, espero ser la musa que se invoca en la media noche, te seduce con palabras y se va dejando un beso oculto entre tu barba y el inicio de tus labios.

Aquí confieso ser amante de las historias de un instante, porque son las únicas que conozco y esta no fue la excepción.

De ese día, me llevo tantas historias y te regalé un par más para que la cuentes o recuerdes cuando el caos te envuelva.

Bailar en la calle, creernos infinitos, besos regados por todo el lugar, mi aroma en tus manos, reflejarme en tus ojos, cantarte debajo de la luna, compartirte poesía, leerte la mano y augurarte la buena fortuna porque eso hacemos las gitanas.

Dos amantes, una mujer intensa amante de lo cotidiano que se siente ajena a la playa, pero por un instante encontró su hogar en unos brazos. Un hombre igual de intenso con elocuencia infinita, una mirada que cautiva y me hizo creer en el destino.

Recuerdo tu sonrisa mientras decías que era sublime y yo cual cortesana de siglo XVI me escondía ante el cortejo de un caballero con tan buena labia.

Está de más decir que el encuentro fue impresionante para los, que ahora no sabíamos que rumbo tomar, pero uno aprende a enamorarse en completa libertad sin plazos forzosos o fechas marcadas en el calendario.

Te llevas mi aroma, mis besos, una hoja con un escrito a medio terminar, me quedo con tus palabras que aún resuenan en toda mi piel, tu sonrisa, el escritor que todavía sueña, tus lágrimas.

Me pregunté en silencio si te quedarías, pero he pasado por esa escena con diferentes acentos, ojos y la respuesta fue el común denominador en todas.

Si Eduardo, me enamoré…pero sé que estás frágil y mis manos no son las correctas para darte el soporte, son las tuyas que deben sostenerte. Hoy domingo lo entiendo, le regalé un par de lágrimas al mar sabiendo perfecto que esta es una inminente despedida.

Me pedías que te compartiera poesía todas las noches, pero eso es enterrarme una daga en el pecho, darme el tiro de gracia porque todos esos versos hablarán de mí y de ti.

Esto no es un adiós, pero si un hasta luego querido mío, soy de protocolos fijos y despedirme por medio de una carta, es uno de ellos.

Gracias por darme otro color, a verme con otros ojos, por amar mi intensidad desmedida que por un segundo pensé en calmarla.

Te abrazo con las palabras porque mis manos ahora no pueden sentirte.

“Somos el norte y el este al sur de piedras y charcos
Somos dos locos, enamorados, por un rato

Fueron brillando a lo lejos como la estela de un faro
Fueron gaviotas, volando largo
Fueron sirenas y luces, con sus padres a buscarlos
Jamás volvieron a ser humanos, humanos.”

 

Por un instante tuya, Frida.

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