Ananké

Estas cuatro paredes son mi prisión desde hace varias lunas, desconozco qué día es, si es invierno o primavera, si el día termina y la noche comienza. Escucho ruidos combinados con un piano, presiento que mi mente los está creando; el eco de esa sinfonía me golpea el pecho una y otra vez hasta quedarme sin aire.

Mi inconsciente me hace creer que estoy debajo del mar, hundiéndome poco a poco hasta perderme en la oscuridad pero esa sinfonía confusa vuelve a sonar, creo que me advierte algo, tal un ser vez se aproxima, no sé que anuncia o si quiere algo de mi. Yo no puedo ofrecerle nada, no soy un dios ni un caballero; solo soy un ser cubierto de brea, sin cauce, con la luna atada a mi pecho y la espalda llena de poemas sin recitar. No hay un as bajo la manga ni un conjuro que pueda dar en ofrenda.

Desconozco en qué momento convertí el todo en la nada, estar inmerso en este océano de dudas me hace querer volver al pasado, era gris pero era seguro y en el cielo se encontraba el velo de una novia virgen esperando paciente. Sigo añorando algo que no está, que se perdió y no supe que era. lo vi desaparecer en el horizonte, trato de buscar más allá pero el ruido no me permite escuchar las demás voces, me ahogo con mi llanto dentro y mis lágrimas se compadecen de mi.

Debo de abrir los ojos, debo abrir los ojos, me lo repito incontables veces hasta que en un acto inesperado lo logro. Sigo siendo esclavo de estas paredes que solo reproducen el eco de esas armonías distorsionadas. ¿En qué momento llegué hasta aquí? esa pregunta danza en mi cabeza como tu lo hacías; después me pregunto en dónde estarás, cuál es tu nombre ahora, seguirás bailando flamenco en la plaza o sí existes.

La habitación se hace más pequeña, cada vez distingo menos la realidad de la ficción, creo que la sinfonía emana de mi pecho y mi demencia se hace más evidente lo único que quiero es despertar.

Abrí los ojos y me encontraba dentro de un féretro, vestía el traje de gala que tú habías elegido. Era azul marino pero el tiempo se encargó de robar su esplendor. La muerte astuta jugó con mi locura perpetua.

Sigo sin encontrar el descanso eterno.

Joaquín de la Hoz.

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