¿Qué haría si tuviera otra boca?

Mi primer lengua es una peregrina de lo conocido, de lo terrenal y la segunda desea conquistar lo inexplorado, lo oculto, de lo infernal y profano. En conjunto podrían llegar a pieles vírgenes que son tan pálidas como el pecho de un armiño, pensar en esas pieles me inunda, derrumba la lógica en mi ser y me hace cuestionarme lo siguiente: ¿cuál sería la ubicación de esa segunda boca? ¿detrás de mi cuello? para que ella recite lo que yo no puedo decirte de frente, lo que mi otro yo piensa pero me reprimo a decirte, crear una doble sinfonía de gemidos nunca ha sido tan perfecto hasta hoy, ni mil arcángeles podrían igualarlo. Sí, detrás de mí cuello suena el lugar ideal pero ¿qué hay de la espalda? ¿los pies? ¿la palma de las manos? o es que yo soy una obsesiva por tener más bocas de las que necesito.

Sé lo que piensas, criatura mía, lo que más deseo es abarcarte por completo, rendirte pleitesía. Besarte con unos labios, morder con los segundos y emanar agua de los terceros.

Quiero que descubras nuevos fetiches, nuevas fijaciones, nuevos tormentos, que te pierdas en esta inmensidad de posibilidades que te ofrezco, que se atoren tus dedos en esta segunda boca que te ansía en silencio.

Necesito que tu aliento se pierda en el mío, en el frenesí de este vaivén de cuerpos que ya no son ajenos ni extraños para nuestros ojos. Deja que mi primer boca te encuentre en silencio, navegues por mi garganta, llenarte de agua para encontrarnos en el paraíso y bajar a la tierra en un instante. Como los desterrados hijos de Eva.

En esta habitación oscura, suspiramos, gemimos y suspiramos. Estamos en la antesala del paraíso, sumergidos en nuestras propias aguas nos convertimos en ríos que buscan su cauce.

El agua que emana tu cuerpo y el mío está repleta de historia, de vida, de silencios y lujuria por fin expulsada de ese templo tan venerado.

Esa segunda boca desea que me hinque ante ti, ante el cuerpo que yace envuelto seda y sudor.

Este par de bocas me susurran al unísono que desean estar adentro, hasta lo más profundo de tus entrañas, donde todo es atemporal, donde no hay un Dios, ni un Diablo, porque ellos somos nosotros.

Verte llover

A esta hora del día no pasa absolutamente nada, son las 5:41 p.m. y este inicio cambió 10 veces porque ninguno parece interesante (culpo enteramente a la hora). Estoy encerrada en esta habitación que no me dice nada, las paredes dejaron de escucharme, mi piel está pálida y fría, me atrevo llamarlo como encanto post mortem.

Afuera está lloviendo, el sonido de las gotas me resulta placentero, abro el ventanal y el viento frío recorre por completo mi cuerpo. Decide susurrarme poemas, confesiones pecaminosas, fantasías o eso es lo que yo decido escuchar.

Se instala debajo de mi ropa, decide acariciarme de manera irreverente, debo confesar que me recuerda tanto a ti y aún no tengo el placer de conocerte. A ti desconocido te presto mis manos, recorre todas estas líneas, todas estas curvas, encomiéndate a la lujuria, a la locura, al Supremo que decide quién es divino o mortal.

Es una lástima que tus ojos no puedan admirar los secretos que lleva mi espalda o la fortuna que esconden las líneas de mis manos, y me apena de sobremanera no poder revelar estos estos enigmas, pero no sería prudente anticiparme, lo que sí puedo hacer es enseñarte el camino al paraíso. Yo sé que ese sendero lo conoces a la perfección, de otras ninfas, de otras diosas, de bellas criaturas pero estuviste frente a ellas, bailaron debajo de las sábanas en perfecta sincronía y en cambio conmigo, yo te presto voluntariamente mis manos, mis dedos, mi saliva, el agua que emana de mi al llegar al clímax, el sudor que producen mis piernas, estremecerme y morder mis labios hasta que mi lengua sienta el sabor metálico de la sangre.

Desconozco como es tu rostro, la forma de tu espalda, como suena mi nombre en tu voz, pero eso me engancha más a ti, puedo inventarte de todas las maneras posibles pero lo que no podría imaginar es como se agita tu respiración, esa sinfonía producida por el placer, creada solo por ti y por mi, por lo que sentimos, por lo que desbordamos.

Llevo mis manos debajo del encaje que cubre mi monte de Venus, comienzo a sentir el agua entre mis dedos, tus dedos. Me descubres con mis manos, mi labios desean pronunciar tu nombre, pero aún no llegas y yo ya conocí el infierno.

Afuera sigue lloviendo y dentro de esta habitación duermo entre agua, saliva y sudor; soñando con verte llover.