Locura y miel

En el pasar de las horas, mi sentir y lo que quiero decir cambia vertiginosamente. Te deseo, te admiro, te contemplo, te amo, pero al mismo tiempo huyo, desbordo, me doblego, me rompo. No, no eres tu amor, soy yo la que monta tragedias griegas en él aire. Yo soy la maniática y tú eres el placebo que me adormece. Podría leerse cruel, pero esa no es mi intención.

Lo que yo deseo con estas letras es dejar un rastro, una huella de este amor; de este fuego que me abraza el cuerpo, como si se tratara de alquimia, ese fuego se convierte en agua y me hace perder la conciencia cinco segundos y vuelvo a la tierra como un ángel caído.

Amor entiéndeme, mi pasión está en todos lados. En mi furia, en mi desesperación, en mi insistencia por la perfección, en el sexo, en la tempestad y en la melancolía.

Cuando ese fuego empieza a quemar mi cuerpo, a revelarse contra mí, a ser mi verdugo, llegas con un temple celestial, solo basta que me toques con la punta de tus dedos y la tortura desaparezca. Al final me convierto en cenizas, como si de un pasaje evangélico se tratara, regresamos al paraíso y esperamos pacientes nuestra condena.

Amor en esta solemne carta deseo expresarte de nueva cuenta lo que me haces sentir. Eres el cigarro que volvería a fumarme, la coincidencia precisa, el tiempo correcto, el de mirada tranquila, mi comodín, mi naipe favorito.

Deseo también dejarte una disculpa anticipada por todos los desbordes, los enojos, donde la ira me nubla el sentido práctico y lógico.

Amor mío, tu nombre es un anagrama que esconde tu verdadera identidad y ante tantos ojos curiosos no pronunciaré tu nombre.

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