La vanidad te va a matar

“La vanidad te va a matar”, me repito constantemente cuando veo mi reflejo. Cuando me encierro en una especie de cubo etéreo, donde no dejo de admirar mis ojos, mis cejas, mi prominente y a veces odiada nariz, mi gruesos labios que últimamente hacen de todo menos callarse y por último, mi vello facial; con éste tengo una relación tormentosa. Un día me parecen ornamentos delicados, pequeñas pinceladas en mi rostro, como si la belleza de mi rostro radicara en su existencia y otras veces son repulsivos, son engendros repugnantes que brotan de mi cuerpo con la única función de torturarme hasta que mi rostro me parezca grotesco e indigno, porque eso es lo que mucho tiempo me hicieron creer.

Debo confesar que desde ayer no dejo de observar mi reflejo, a veces me parece tan grotesco que me cautiva, otras me parece tan bello, como si se tratase de un rostro pintado sacro, pura virgen del Carmen y otras me parece tan transgresor e infernal que el simple acto de admirarlo me parece obsesivamente hermoso. También debo confesar que el “ayer” es una absurda medida del tiempo aplicada porque perdí la cuenta de cuantos ayeres van y en qué hoy estoy.

Después de decir todo eso me pregunto ¿esto es vanidad? ¿soy un ser excesivamente ególatra que grita desesperadamente? es la voz de una patología dentro un cuerpo promedio, ¿soy el vástago de Narciso?

El excesivo protagonismo reluce hasta en estas letras y no pienso hacer nada par ocultarlo, porque solo este espacio, este espejo, este instante es solo mío y me regodeo en ello sin mesura. Este es el único recinto donde me siento segura, donde yo desaparezco y mi ego puede abarcar todo este espacio sin temor a ser juzgado o amenazado. Este ego herido muestra sus cicatrices a plenitud, brillan con luz de la agonía. Donde el vello grueso se remarca en todo el cuerpo de manera irreverente para burlarse del canon; donde esos seres convergen y se convierten en mis emblemas de vanidad y soberbia.

En este cuadro diáfano puedo verme desde todos los ángulos, explorar mis inconsistencias, admirar mi discurso, conversar con mis interrogantes para no sentirme tan extraña en mi propia carne.

Si la vanidad me mata, moriré dentro de mis paradigmas, llenando mis vértices de sangre, agua y mi rostro cubierto de espinas estará por todos los recintos sacros de la ciudad.

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