Habitación 7

¿Nunca se han preguntado en cuántas camas han dormido? ¿En cuántas camas no dejaron de si mismos? O cuántos visitantes tuvieron estuvieron en la suya? ¿Cuántas camas visitaron furtivamente para consumir un deseo?

He pensado mucho en eso en estos días. La idea se me clavo después de un sueño que tuve; en el me veía durmiendo desnuda y solo cubierta por una sabana. Creo que era la habitación donde me estoy hospedando, aunque la atmósfera y el amante eran completamente ajenas a mí. Después de despertar empecé una exhaustiva cuenta de en cuántas camas bailé, a cuantos seres invité a que descubrieran en la mía y en las veces que la cama de un motel fue la elegida para consumar el acto. En muchas yo partí sin despedida y en otras el reloj era el que marcaba la final de la velada. Pero siempre busqué el abrazo que culmina, el cuerpo cálido del otro que se amolda perfecto al mío, dónde el corazón es una melodía unísona. No digo que un amante casual no tenga esas cualidades, pero a veces buscaba algo más.

Ese algo qué no sé qué es, pero que a veces siento entre todo mi cuerpo. Es un ligero disparo que recorre mi torrente sanguíneo, en mi cabello, en mi vientre y sexo pero se esfuma en cuestión de segundos. No, no hablo de un orgasmo que de esos he provocado y sentido muchos (más veces sola que en compañía) yo hablo de un amor no consumado, una ternura existente aún en el escenario más erótico y transgresor.

Tal vez lo que busco no se encuentra en una habitación, debajo de unas sábanas o en un cuarto de paso.

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