DIABLO

Hay frases que se trenzan en mi cabello hasta llegar a mi sien y se quedan rondando noches tras noche hasta que en algún momento encuentran salida. El fragmento en cuestión emergió de una conversación, lejos de ser una conversación eso parecía una confesión de lo que siento, aún me sorprendo de todas las flores que pueden nacer de mis adentros, las ilusiones y las palabras que envuelven con dulzura en contraste con mis piernas que estrujan las tuyas.

En medio de esa confesión, te referías a ti mismo como basura; que tu capacidad de herir era inevitable. La madrugada nos llevó a otros rumbos, al sendero de mi piel ya conocida, a quitarte la ropa, a marcar tu piel con mis uñas.

Disfruto en exceso tocarte, tu lengua me parece milagro y lo que haces con ella más. Estar sobre ti, verte iluminado con la luz tenue de la noche, las marcas de tu espalda que se presentaron a mis manos, en este recinto puedo decir que es lo que más me gusta. Me encanta recorrerlas hasta que mis manos conversen con ellas, me convierto en río cada que estás sobre mí. Ese río que no tiene cauce y solo busca empaparte.

Mi lengua filosa que sólo desea sentir tu piel incandescente, mientras mis piernas te aprisionan y por un instante nuestros dedos se entrelazan y ese choque de cuerpos nos convertimos en nada.

Susurrarte “soy tuya” las veces que me las pidas, las veces que nos encontremos a un gemido de distancia. 

¿Por qué vanagloriar nuestra malicia, porqué nos enorgullece nuestra capacidad para herir? Hasta el Diablo fue ángel y en su tiempo estuvo orgulloso. ¿Por qué es difícil aceptar nuestra ternura? También me lo digo a mí misma, en voz alta porque ese es mi comodín, jugar al Diablo, a ser la mujer más malévola y perversa, pero en el fondo y debajo de las sábanas soy suave, sutil y mórbida.

Cariño, no enaltezcas tu dureza que yo sé que no existe tal cosa, no niego que estás herido pero porqué cuando el sol se oculta me demuestras tu dulzura. Sé que no soy la más apta para decirte esto pero somos espejo y veo mucho de mí en ti.

Yo soy una doncella que juega con tu lengua afilada, que conversa con tus pestañas, porque tu boca no me pronuncia nada. Hago un esfuerzo estremecedor para leerte más allá de las líneas de tu cuerpo, tus huesos que llevan las marcas de mis manos. Es evidente que tu cuerpo me cautiva pero quiero saber más de ti y tu boca sólo me recuerda lo buena que puedo ser con las manos.

No estoy en papel de pedirte más porque ya sacamos nuestros comodines, te revelé mi juego y cariño, estás ganando y me encanta (aunque me hiere).

Quédate aunque me hieras.

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