Arrullo (Despedida III)

Arrullo mío, mi diablo, mi arrebato, mi estrella fugaz, mi caballero de bastos hoy con el alma firme y el corazón acongojado te escribo por tercera y última vez para decirte adiós. Esta carta no será como su antecesora ni como la anterior a ella… Esta será cálida en sus letras y un poco más breve porque ya no hay más que decir, me quedé sin esperanza, pero solo basta ver tu rostro para que calmes la marea de mi cuerpo, el aleteo de todas las aves que anidaron en mis pulmones, tu sonrisa me hace creer en la magia y tus ojeras son medias lunas donde yo deseo depositar mis sueños. Debo decirte que esos sueños me los llevaré al alba y puedas depositar los tuyos.

Ojalá algún día creas en ti como yo lo hago y eso te dé valor para embarcarte a descubrir tierras lejanas, navegar en mares insólitos y te conviertas en leyenda.

Me tengo que ir porque las cartas y el oráculo me hablaron esta noche, dijeron que si no me retiraba esto podría romperse hasta cortarnos y yo no quiero verte sangrar, no de nuevo…

Esperaré paciente a la media noche y te susurraré estas letras con la melodía de una canción de cuna, contaré tus pestañas, en cada una de ellas guardaré un secreto para que no me olvides, cubriré tu sueño con lavanda y cuarzos porque no quiero que ningún mal augurio te despierte.

Ojalá me hubiera despedido con estas letras desde un inicio, te pido me perdones pero a veces la pasión nubla mi poco sentido común y no soy un ser muy práctico.

En esta carta de despedida te pido perdón si alguna vez te herí con mis palabras, pero entiéndeme brillo mío, no sé cómo navegar entre el mar de mis sentires.

Escribo estas letras pensando en tus ojos que siempre me desarmaron, en las marcas de tu espalda que solo yo conozco, en los besos furtivos, en las veces que estuvimos bajo las sábanas, todo lo que te confesé, mis manías, mi risa, las veces que me rompí y la noche en que confesamos tener este mismo sentimiento.

Me recordaste qué hay magia en lo cotidiano…

Gracias por todo brillo mío.

Cuando despiertes se habrá esfumado el beso que dejé escondido entre las comisuras de tus labios.

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Me voy (Despedida núm. 2)

Cuando decir adiós es más difícil que pronunciar en voz alta lo que sientes es necesario hacer tantas cartas de despedida hasta que el cuerpo se quede sin qué decir o el amante esté tan lejos de ti. En mi caso llevo despidiéndome un mes y no me voy… El amor que siento por él hace de este adiós lo más difícil.

No quiero decirte adiós pero las circunstancias no son las mejores, es muy difícil compartir este aire lleno de incertidumbre, omito esa noche llena de alcohol donde todos los asistentes notaron este pobre rostro enamorado y tu allá, como si nada, como si estos labios rojos no te desarmaran, porque cruzar miradas con tus ojos cansados me parece la mejor jugada que me pudo hacer el destino. Debo recordar más esa escena porque en ese acto tu estabas con alguien más y mi ilusión jugó en mi contra – y el alcohol – por omitir esa escena.

Con todo eso en mi contra el desastre en tus ojos me sigue cautivando, quiero juntar todos tus fragmentos aunque yo no pueda juntar los míos. Aún conservo un halo de esperanza que me corta, me hiere y me hace sangrar, entonces la esperanza muta a incertidumbre y con ella no puedo hacer nada. 

Te vuelvo a decir adiós para que mis ojos, mis manos y  este cuerpo mío entiendan de una vez el porqué de mi partida…Jamás cuidé tanto una despedida, las palabras que están dentro de ella y el sinfín de lágrimas que he derramado a lo largo de estos días. 

Hablo desde el dolor, la decepción, el amor y la tristeza, podría seguir enunciando los sentimientos que tengo por ti pero esto se convertiría en una oda al amor y al misticismo.

¿Para qué hablar más de amor si ya estoy en escombros? ¿Para qué hablar de sentimientos perdidos entre las cenizas y el recuerdo?

Lo único que puedo decir es que esta carta es la última que voy a regalarte. Cuando acaben estas letras yo ya no estaré aquí.